Conferencia de Pablo Salazar en la ceremonia del 19º Premio de Cuentos

Pablo Salazar

Valencia, 27 de mayo de 2016.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de asistir a una obra de teatro en el colegio de El Pilar, representada por estudiantes de 1º de Bachillerato entre los cuales se encontraba (no lo voy a ocultar) mi hijo Carlos. Por eso, obviamente, estaba ahí. La obra se titulaba ‘El Principito’, en recuerdo y homenaje a la famosa novela, y trataba de la desaparición de las librerías, del lento y progresivo adiós de unos comercios que nos han acompañado a lo largo de nuestras vidas y que para muchos de nosotros, desde luego para la gente de mi generación, han sido y siguen siéndolo, muy importantes. Sin embargo, es cierto, y no hay más que consultar las estadísticas para comprobarlo, cada año cierran librerías. España, por desgracia, no es un país lector, nuestros índices de lectura están muy por debajo de la media europea, tanto en libros como en periódicos y revistas. Y además, ahora está la competencia digital, los ordenadores, las tablets, y el móvil, sobre todo el móvil.

Este pequeño aparato está cambiando nuestras vidas. No hay más que salir un día a la calle para darse cuenta de ello. Basta con andar por nuestros pueblos y ciudades para encontrarse, casi chocarse, con algún peatón que camina tan distraído mirando la pantalla de un teléfono que es mucho más que un teléfono para comprobar y certificar el cambio de costumbres, de hábitos y hasta de eso tan antiguo que se llamaba normas de urbanidad y que cada día están más en desuso. No hay más que subirse a un autobús o a un metro y observar cómo la mayor parte de los viajeros se entretiene oyendo música a través del móvil o leyendo. Sí, leyendo, aunque no un periódico y mucho menos un libro sino los mensajes del Whatsapp que le han llegado en los últimos minutos y que los jóvenes contestan sosteniendo el móvil con las dos manos y tecleando con los pulgares mientras nosotros, los que no somos nativos digitales, tenemos que esforzarnos para atinar las teclas con un solo dedo y a cámara lenta.

Los estudios más recientes –en concreto uno de la consultora Tecmark- revelan que miramos una media de 221 veces al día el móvil, ¡doscientas veintiuna!, en ocasiones de manera casi compulsiva. Una acción que es posible porque aquellos primeros móviles que parecían un zapato han ido evolucionando y en la actualidad ya hay modelos para llevar como un reloj de pulsera. Aunque lo mejor, o lo peor, según se mire, está por llegar y algunos expertos vaticinan que en pocos años el móvil estará integrado en nuestro cuerpo, prefiero no pensar cómo será eso… Lo guardamos en el bolsillo, o en el bolso o en la mochila, y a los dos minutos, qué digo a los dos minutos, a los pocos segundos, lo volvemos a sacar a ver si ya nos han contestado a nuestro mensaje o a mirar las nuevas fotos colgadas en Instagram, con asuntos de tanta trascendencia como el plato de paella de verduras que se dispone a comer un compañero del trabajo o la camiseta de Los Simpson cruzando por Abbey Road como si fueran los Beatles que se acaba de comprar un amigo con el que tenemos más contacto telemático que real y que desea compartir con todo el mundo, vete tú a saber por qué. O los comentarios más recientes, y casi siempre triviales, en Twitter o en Facebook. Lo miramos compulsivamente, como si esperáramos todos los días, a cada momento, la gran noticia, un descubrimiento inesperado. Lo usamos obsesivamente, incluso para decir, ya hemos salido, o estamos llegando, o estamos a punto de llegar, o id empezando. Esta forma de funcionar, de actuar, está empezando a tener consecuencias en nuestra capacidad de concentración, que se resiente por la dispersión que caracteriza al uso de herramientas como el ordenador o el móvil. A los niños y a los jóvenes parece que les cuesta más ponerse delante de un libro y aprenderse de memoria datos y conceptos, como se ha hecho toda la vida. Prestar atención sólo a una cosa, a un libro, que encima no son imágenes en movimiento, se está convirtiendo para algunos en una auténtica misión imposible. En mis hijos he visto como pueden estar viendo una película o un programa en la tele –cuando consigues que se sienten en la sala de estar y no se aíslen en sus habitaciones- y al mismo tiempo teclear mensajes o ver un vídeo, es decir, un dos o hasta un tres en uno. Y en la pantalla del ordenador, cuando trabajamos, ya es habitual que tengamos cinco o seis pestañas abiertas, la del correo, la del Whatsapp, la de las páginas web, lo de los documentos Word…

Pero ¿para qué leer, para qué estudiar?, se preguntan algunos, si todo está en internet, si a través de Google o de cualquier buscador tengo acceso a todos esos datos, a las capitales de provincia, a los países, los ríos, las costas, los cabos y los golfos (los físicos, no los otros). ¿Para qué ese esfuerzo memorístico, de estudio y aprendizaje si luego voy a tenerlo todo a mi alcance en el móvil? ¿Para qué buscar en revistas o periódicos atrasados, en los libros de la biblioteca, si puedo obtenerlo todo con un simple clic? Bien, reconozcamos que el argumento tiene su enjundia, que no puede ser despreciado sin más, lo cual me obliga a una reflexión para desacreditarlo.

La cuestión no estriba en aprenderse o no una larga lista de reyes godos, de ríos o de cordilleras. El asunto no debe centrarse en si hay que memorizar o no las grandes batallas y los generales del bando alemán o del aliado de la II guerra mundial. No, eso es un error. Lo realmente trascedente, donde hay que fijarse, es en el hecho en sí de leer, de utilizar los textos escritos por otra persona como instrumento de aprendizaje, de conocimiento, de reflexión y, por qué no, de entretenimiento. En definitiva, asumir que determinadas obras, no todas, son una fuente del saber, imprescindible para crecer intelectualmente, para formarse un criterio, para poder debatir a partir de unos conceptos bien fundamentados, no de lugares comunes ni de ocurrencias extraídas de unos youtubers que por muchos seguidores que acumulen, por muchos me gusta que consigan, no por ello atesoran la sabiduría que sólo se adquiere a través del esfuerzo, y el esfuerzo es estudio, preparación, experiencia, exigencia, trabajo.

Da lo mismo cómo se lea si de verdad se lee. Pero si lo que hacemos es sustituir los libros o los periódicos en papel por los juegos en el móvil, por los mensajes de Whatsapp o por los videos graciosetes, el resultado en cuanto al proceso de formación de la persona no podrá nunca ser el mismo… aunque, en efecto, todo siga estando en el móvil, en internet, en Google.

En la obra de la que les hablaba al principio, que ha sido posible gracias al esfuerzo de un profesor del colegio, especialmente gracias a su imaginación, en esa obra hay un momento en que unas turistas entran en la librería, pero no para adquirir un libro sino para preguntar la dirección de una calle. Ya dentro, los libreros intentan convencerlas de que compren una guía de la ciudad pero ellas les replican que para qué, que ya tienen el móvil, y que ahí está todo, los monumentos, los museos, los restaurantes, los hoteles y hasta las líneas de metro y de autobús o el tiempo que va a hacer, si va a llover o no. Y sin embargo, hay algo insustituible, algo único, casi mágico. Al menos para mí. En casa guardamos una guía de cada ciudad que hemos visitado, una guía gastada por el uso que le dimos mientras recorríamos sus calles, pero una guía vivida que además nos trae el recuerdo de aquellos días en que fuimos turistas. ¿Cómo se hace eso con internet? ¿O cómo puedo a través de mi móvil abrir un libro y repasar la dedicatoria de escritores o de personajes públicos que me han firmado sus libros? ¿O los que heredé de mis padres y que en algunos casos llevan su firma junto al año en que fueron adquiridos? ¿Es que acaso eso ya no vale para nada?

La llamada revolución tecnológica es imparable, como lo fue hace siglos la revolución industrial. Como se suele decir en estos casos, no se le pueden poner puertas al campo, salvo que seas una dictadura disfrazada de capitalismo salvaje, es decir, la República Popular de China o la de Corea del Norte, y puedas censurar el acceso a las redes sociales. Pero que un proceso sea imparable no significa que tenga que ser hegemónico y que se acabe implantando un pensamiento único. Dicho de otra forma, que tengamos móvil, tablet, ordenador, play y todos los dispositivos electrónicos a nuestro alcance no debería implicar que no seamos capaces de seguir apreciando el placer de la lectura de un buen libro o de un periódico. Porque en los periódicos, aunque tal vez esté mal que lo diga yo, no sólo hay información y opinión, que es lo propio, sino que también se puede encontrar si se sabe buscar buena literatura.

Como los galos de Asterix que resisten en un territorio completamente dominado por los romanos, en la aldea del papel que representamos los periódicos y las editoriales, seguimos apreciando el valor de la palabra escrita, del texto cuidado, del adjetivo buscado con mimo. Incluso los periodistas, que sabemos que nuestros artículos acabarán sirviendo para tapar la paella del domingo, consideramos que con mejor o peor fortuna nuestro trabajo es una forma modesta de contribuir a que el lenguaje, la forma de comunicarnos de los humanos, no se empobrezca hasta arruinarse por completo. En un diario como en el que yo trabajo, LAS PROVINCIAS, hay espacio para las noticias del día anterior, para la reflexión y el análisis, para las historias, para el reportaje de actualidad, para adentrarnos en la historia, para opinar desde muy diversos puntos de vista, intentando atender al mayor número de sensibilidades posible, en consonancia con lo que es hoy nuestra sociedad, plural, cambiante, en constante transformación, líquida.

Empezar a leer se puede hacer, por supuesto, a través de los libros de aventuras, los clásicos o los actuales, pero también por medio de los periódicos, de viejas cabeceras que como LAS PROVINCIAS nos intentan explicar cada día en 72 páginas, o en 80 o en 96 o en las que sea, lo que pasó el día anterior, por qué pasó y qué puede pasar hoy y mañana. Llevamos haciéndolo así 150 años, somos el segundo diario más antiguo de España, hemos asistido a fenómenos como el nacimiento de la radio, de la televisión, del vídeo, del ordenador y de internet, y cada uno de ellos presagiaba o anunciaba el fin de una época.

Sin embargo, no todo es tan drástico como parece. Desde hace años, el mercado de la venta de discos de vinilo se ha recuperado, cuando casi estaba al borde de la desaparición. Se vuelven a vender tocadiscos y crece, aunque sea en cifras pequeñas, el grupo de los amantes de recuperar el placer de escuchar música con cierta tranquilidad, sacando el disco de su funda, limpiándolo con un cepillo, colocándolo en el plato, depositando con sumo cuidado la aguja. Mientras tanto, algunos dispositivos minúsculos, que apenas abultan en el bolsillo del pantalón, permiten almacenar hasta 30.000 canciones que se pueden oír (que no es lo mismo que escuchar) mientras vas hablando o corriendo. Treinta mil canciones… ¿hacen falta tantas? ¿Le da tiempo a alguien de llegar a ponérselas todas?

Se recupera levemente la venta de discos y el libro de papel resiste frente al e.book. Los datos más recientes destacan que aumenta el porcentaje de los que quieren seguir leyendo como lo han hecho toda la vida frente a aquellos que quieren hacerlo a través de una pantalla. El gusto por el propio ejemplar en papel, la posibilidad de tenerlo en las manos, de subrayarlo (aunque ya sé que también en pantalla cabe esa función, pero no es lo mismo), de guardarlo en una estantería, de recurrir a él siempre que se desee, todo eso parece sobrevivir al primado de las pantallas y de internet.

Y es que uno de los axiomas que más daño ha hecho a la literatura y al periodismo ha sido aquella sentencia de que una imagen vale más que mil palabras. Pues no, o al menos no siempre. Porque, para empezar, ¿qué se quiere decir con eso de valer? Muchas veces, las más, leer no es un acto evaluable, sino una acción placentera, como la de admirar una pintura o disfrutar de un paisaje. Sencillamente, no tiene precio, está fuera del mercado. Siempre se dice, y es verdad, que si has leído el libro no veas la película, porque nunca hace honor a la obra escrita. Sin embargo, si has visto la película puedes leer el libro, porque siempre encontrarás algo más, matices diferentes, aspectos que se te habían escapado. Un caso paradigmático es ‘La historia interminable’, un libro maravilloso, una película totalmente prescindible. La nada sobre la que nos alerta Michel Ende, la falta de imaginación, gana la batalla cada vez que nos abandonamos, que renunciamos al ejercicio de la lectura y que nos creemos que la vida puede ser vivida a través de una minúscula pantalla de móvil.

La nada en nuestros días es no leer y creerse que no leyendo uno puede llegar a ser un ciudadano normal, que puede ejercer sus derechos y libertades desde el desconocimiento y la ignorancia, que sólo con ver ‘Masterchef’, ‘Gran hermano’ edición número 37 o ‘Sálvame deluxe’ o sin ningún tipo de luxe tiene la información que necesita, como si ahí hubiera información, como si de esas naranjas amargas se pudiera extraer algún zumo. La nada en nuestros días es engancharse desde buena mañana al móvil, vivir pendiente de mensajes muchas veces intrascendentes, convertir la conectividad en un ídolo al que adorar cual becerro de oro, no apagar un aparatito que no puede dominar la voluntad de un ser humano hasta el punto de que algunos declaran abiertamente, sin tapujos y sin el menor rubor que ya no pueden vivir sin él. ¡Pero si hace unos años no existían y éramos felices! ¡Pero si mucha gente se va unos días de vacaciones y no se lo deja pero al menos lo aparta, lo arrincona, y no le pasa nada, no sufre ningún tipo de erupción cutánea, ni un shock anafiláctico, ni nada por el estilo! La nada en nuestros días es creerse que a través de las redes sociales somos más justos, más solidarios, que estamos más informados y que ejercemos una especie de periodismo abierto que democratiza los medios. Supino desconocimiento de una herramienta que no es más que la tertulia de barra de bar o de plaza de pueblo versión 2.0, un territorio salvaje en el que algunos asilvestrados dan rienda suelta a sus prejuicios y a un resentimiento que encauzan mediante tuits agresivos e insultantes, fogonazos de ciento cuarenta caracteres en los que, sólo por este hecho, por la brevedad, no pueden encontrarse las claves, los códigos y los procedimientos que el hombre moderno precisa para entender un mundo tan cambiante como el nuestro, tan plural, tan distinto. Preguntémonos también que estamos haciendo con estas redes, o qué están haciendo algunos, al airear y exponer en la vía pública y al alcance de todos, fotos de nuestra vida diaria, de nuestros hijos, de nuestras vacaciones, de nuestra casa, de nuestros amigos. Pensémoslo un momento antes de colgar contenidos inadecuados y dejar que cualquiera, directa o indirectamente, tenga acceso a ellos. La nada en nuestros días es descargarse ilegalmente, como un pirata del siglo XXI que asalta un barco cargado de mercancías valiosas, contenidos que están protegidos con derechos de autor, despreciando conscientemente y de manera descarada el trabajo, la dedicación y la imaginación de creadores que cada vez ven más complicado obtener un justo rendimiento por su trabajo. Quien se descarga un libro para leerlo en su e.book sin pagar por él está también contribuyendo al imperio de la nada. La cultura no es gratis, no puede serlo, como no lo es la comida, las medicinas o la gasolina. Sin embargo, de manera egoísta y cortoplacista hay quien está comportándose de tal manera que si nadie lo remedia en pocos años el territorio de la cultura en España será un páramo.

Pero como decía antes, hay motivos para la esperanza. Y estar hoy aquí es uno de ellos. Porque frente al discurso dominante de que no hay nada que hacer con los jóvenes, frente a la absurda consideración de que cualquier tiempo pasado fue mejor, propia claro está de gentes que ya hemos pasado determinada edad y en las que empieza a pesar más la nostalgia del pasado que la ilusión del futuro, frente a esa tesis, digo, hoy podemos comprobar que esto no es así, o que no es enteramente así o que hay al menos excepciones, valiosas excepciones, q ue merecen la pena. Escribir, qué duda cabe, es algo maravilloso y que no está al alcance de cualquiera. Porque para escribir hace falta una mezcla de sensibilidad, inquietud y hasta compromiso con la sociedad que muchas personas no están dispuestas a asumir. Hay motivos para la esperanza viendo a jóvenes que participan en un concurso de cuentos, que se ponen delante de un ordenador para componer un texto, para contar una historia, para inventar un relato. Hay motivos para la esperanza porque en la obra de teatro de la que les hablaba, al final, la librería no cierra sino que los propietarios, ya mayores y cansados, se la traspasan a una nieta que lee, que aprecia los libros, que conoce los autores, que se entusiasma con la lectura. Y hay esperanza, o podría haberla, si he conseguido que durante este rato en que he estado hablando y que ha sido mucho más largo de lo que yo hubiera pretendido, he conseguido que en lugar de mirar cinco o seis veces el móvil lo hayan hecho tan sólo en un par de ocasiones. Disculpen mi impertinencia, muchas gracias por su paciencia y buenas tardes.

Pablo Salazar.

Valencia, 1963. Es jefe de Opinión de LAS PROVINCIAS, periódico en el que comenzó a colaborar en 1989. Es también responsable del Aula LAS PROVINCIAS y de la edición del Almanaque. A lo largo de su carrera profesional ha ido pasando por las secciones de Local, Política y Economía. Participa habitualmente en tertulias de radio y televisión, ha obtenido diversos premios (como el ‘Crit valencià de l’any’, que otorga Lo Rat Penat) y ha participado en la edición de tres libros colectivos sobre política y comunicación, valencianismo político y el Valencia CF.